Viaje al centro de la tierra
Viaje al centro de la tierra El viento no era favorable a un género de embarcación que no podía aprovecharlo. Por eso, en muchos lugares hubo que avanzar con la ayuda de los bastones. A menudo nos obligaron a dar rodeos bastante largos las rocas que salían a flor de agua. Por fin, después de tres horas de navegación, es decir, hacia las seis de la tarde, alcanzábamos un lugar propicio para el desembarco.
Salté a tierra seguido por mi tío y el islandés. Aquella travesía no me había apaciguado. Al contrario. Me propuse quemar «nuestras naves», a fin de cortar cualquier retirada. Pero mi tío se opuso. Le encontré singularmente tibio.
—Al menos —dije—, partamos sin perder un instante.
—Sí, muchacho, pero antes examinemos esta nueva galería a fin de saber si tenemos que preparar nuestras escalas.
Mi tío puso su aparato de Ruhmkorff en actividad; abandonamos la balsa, atada a la orilla; además, la abertura del túnel no estaba ni a veinte pasos de allí, y nuestra pequeña tropa, conmigo a la cabeza, se dirigió hacia ella sin pérdida de tiempo.