Viaje al centro de la tierra
Viaje al centro de la tierra El orificio, casi circular, presentaba un diámetro de cinco pies aproximadamente; el sombrÃo pasadizo estaba tallado en la roca viva y cuidadosamente barnizado por las materias eruptivas a las que antaño daba salida; por su parte inferior rozaba el suelo, de forma que pudimos penetrar en él sin ninguna dificultad.
SeguÃamos un plano casi horizontal cuando, al cabo de seis pasos, nuestra marcha fue interrumpida por la interposición de un enorme bloque.
Al cabo de seis pasos, nuestra marcha fue interrumpida.
—¡Maldita roca! —exclamé encolerizado, viéndome detenido de pronto por un obstáculo infranqueable.
Por más que buscamos a derecha e izquierda, arriba y abajo, no existÃa ningún paso, ninguna bifurcación. Experimenté un vivo desaliento, no queriendo admitir la realidad del obstáculo. Me agaché. Miré debajo del bloque. Ningún intersticio. Encima. La misma barrera de granito. Hans llevó la luz de la lámpara a todos los puntos de la pared; pero ésta no ofrecÃa solución de continuidad. HabÃa que renunciar a toda esperanza de pasar.
Yo me habÃa sentado en el suelo; mi tÃo recorrÃa el corredor a zancadas.
—Entonces Saknussemm… —exclamé.
—Sà —dijo mi tÃo—, ¿se vio detenido por esta puerta de piedra?