Viaje al centro de la tierra
Viaje al centro de la tierra ¿Era adrede? ¿Era por descuido? ¿Quería someternos a los rigores del hambre? Esto me habría parecido demasiado fuerte. ¡Cómo! ¿Marthe y yo íbamos a ser víctimas de una situación que no nos afectaba lo más mínimo? Sin duda, y recordé un precedente cuya naturaleza era como para asustarnos. En efecto: hacía algunos años, en una época en que mi tío trabajaba en su gran clasificación mineralógica, permaneció cuarenta y ocho horas sin comer, y toda la casa hubo de conformarse a esta dieta científica. Por lo que a mí se refiere, con ello conseguía unos calambres de estómago muy poco divertidos para un muchacho de naturaleza bastante voraz.
Pronto tuve la impresión de que no habría almuerzo, como tampoco había habido cena la víspera. Sin embargo resolví ser heroico y no ceder ante las exigencias del hambre. Marthe se lo tomaba muy en serio y estaba desolada, la buena mujer. En cuanto a mí, la imposibilidad de abandonar la casa me preocupaba más, y con razón. Creo que se me entiende.
Mi tío seguía trabajando: su imaginación se perdía en el mundo de las combinaciones; vivía lejos de la tierra y verdaderamente al margen de las necesidades terrestres.