Viaje al centro de la tierra

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Hacia mediodía, el hambre me aguijoneaba con fuerza. En su inocencia, Marthe había agotado la víspera las provisiones de la despensa; no quedaba nada en la casa. Sin embargo, aguanté. Hacía de ello una cuestión de honor. Sonaron las dos. Aquello resultaba ridículo, intolerable incluso. Yo abría unos ojos desmesurados. Empezaba a decirme que exageraba la importancia del documento; que mi tío no lo creería; que vería en él un simple engaño; que, en el peor de los casos, le retendríamos a su pesar, si quería intentar la aventura; que, en última instancia, podía descubrir por sí mismo la clave del «cifrado», y que entonces la abstinencia habría sido inútil.

Estas razones, que la víspera habría rechazado con indignación, me parecieron excelentes; incluso encontré completamente absurdo haber esperado tanto tiempo, y decidí contarle todo.

Buscaba una forma no demasiado brusca de entrar en materia, cuando el profesor se levantó, se puso su sombrero y se preparó para salir.

«¡Cómo! ¿Abandonar la casa y dejarnos encerrados? ¡Nunca!».

—Tío —dije.

No pareció oírme.

—Tío Lidenbrock —repetí yo, elevando la voz.

—¿Sí? —dijo como un hombre al que despiertan de pronto.


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