Viaje al centro de la tierra
Viaje al centro de la tierra —¿Y esa llave?[2]
—¿Qué llave? ¿La llave de la puerta?
—No —exclamé yo—, la clave del documento.
El profesor me miró por encima de sus lentes; observó sin duda algo insólito en mi rostro, porque me agarró vivamente del brazo y sin poder hablar me interrogó con la mirada. Sin embargo, jamás pregunta alguna fue formulada de forma más nÃtida.
Yo movà la cabeza de arriba abajo.
Él sacudió la suya con una especie de piedad, como si tuviera que vérselas con un loco.
Yo hice un gesto más afirmativo.
Sus ojos brillaron con un vivo destello; su mano se volvió amenazadora.
Esa conversación muda en tales circunstancias hubiera interesado al espectador más indiferente. Y, en realidad, yo no me atrevÃa a hablar, del miedo que tenÃa a que mi tÃo me ahogara en los primeros transportes de su alegrÃa. Pero se volvió tan perentorio que tuve que responder.
—SÃ, esa clave…, el azar…
—¿Qué dices? —exclamó con emoción indescriptible.
—Mire —dije, presentándole la hoja de papel sobre la que yo habÃa escrito—, lea.
—Pero ¡esto no significa nada! —respondió él arrugando la hoja.