Viaje al centro de la tierra
Viaje al centro de la tierra Me quedé solo. Pero hacer entrar en razón al más irascible de los profesores era algo que mi carácter un poco indeciso no me permitÃa. Por eso, me disponÃa a volver prudentemente a mi cuartito del piso de arriba, cuando la puerta de la calle rechinó sobre sus goznes; unos enormes pies hicieron crujir la escalera de madera, y el dueño de la casa, cruzando el comedor, se precipitó inmediatamente en su gabinete de trabajo.
Durante este rápido recorrido habÃa tirado en un rincón su bastón de cabeza de cascanueces, su amplio sombrero sobre la mesa y habÃa lanzado a su sobrino estas sonoras palabras:
—¡Axel, sÃgueme!
No habÃa tenido tiempo de moverme cuando el profesor me gritó con tono impaciente:
—Pero ¿todavÃa no estás aquÃ?
Me lancé hacia el gabinete de mi temible maestro.
Otto Lidenbrock no era un mal hombre, lo admito gustosamente; pero a menos que sucedan cambios improbables, siempre será un extravagante terrible.
