Viaje al centro de la tierra
Viaje al centro de la tierra Era profesor en el Johannaeum, y daba una clase de mineralogía, durante la cual, por regla general, se encolerizaba una o dos veces. No se preocupaba de tener alumnos asiduos a sus lecciones, ni del grado de atención que le otorgaban, ni del éxito que luego podían obtener; estos detalles apenas le inquietaban. Daba clase «subjetivamente», según una expresión de la filosofía alemana, para él y no para los demás. Era un sabio egoísta, un pozo de ciencia cuya polea rechinaba cuando se quería sacar algo de él: en una palabra, un avaro.
En Alemania hay algunos profesores de este género.
Por desgracia, mi tío no gozaba de una extrema facilidad de palabra, al menos cuando hablaba en público, y ése es un defecto lamentable en un orador. En efecto, en sus demostraciones en el Johannaeum, a menudo el profesor se paraba en seco, luchaba contra una palabra recalcitrante que se negaba a salir de sus labios, una de esas palabras que se resisten, se hinchan y terminan por salir en la forma poco científica de un juramento. Y eso le enfurecía en grado sumo.
