Viaje al centro de la tierra

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—¿De dónde saca esos ocho mil volúmenes? Por lo que a mí se refiere…

—Señor Lidenbrock, circulan por el país. En nuestra vieja isla de hielo sentimos gusto por el estudio. No hay un granjero ni un pescador que no sepa leer y que no lea. Pensamos que los libros, en lugar de enmohecerse tras una rejilla, lejos de miradas curiosas, están destinados a gastarse bajo los ojos de los lectores. Por eso los volúmenes pasan de mano en mano, hojeados, leídos y releídos, y a menudo no vuelven a su estante sino tras un año o dos de ausencia.

—Y mientras tanto —respondió mi tío con cierto despecho—, los extranjeros…

—¡Qué quiere! Los extranjeros tienen en sus casas bibliotecas, y además, antes que nada, es preciso que nuestros compatriotas se instruyan. Se lo repito, el amor al estudio está en la sangre islandesa. Por eso en 1816 fundamos una sociedad literaria que va muy bien: sabios extranjeros se honran formando parte de ella; publica libros destinados a la educación de nuestros compatriotas y presta auténticos servicios al país. Si desea ser uno de nuestros miembros correspondientes, señor Lidenbrock, nos proporcionará un gran placer.

Mi tío, que ya pertenecía a un centenar de sociedades científicas, aceptó con agrado, lo que conmovió al señor Fridriksson.


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