La Eneida
La Eneida 25
Era la noche y un profundo sopor se había apoderado
por las tierras todas de los cansados animales, aves o ganados,
cuando el padre en la ribera bajo la bóveda del éter helado,
Eneas, turbado su pecho por una triste guerra,
se acostó y concedió a sus miembros tardío descanso.
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Le pareció que el propio dios del lugar, Tiberino
de amena corriente, como un anciano se alzaba entre las hojas
de los álamos (leve de glauco manto lo cubría
y su cabello umbrosa caña lo coronaba);
que así le hablaba luego y borraba sus cuitas con estas palabras:
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"Oh, de una raza de dioses engendrado que de los enemigos
nos rescatas la troyana ciudad y salvas la Pérgamo eterna,