Cándido

Cándido

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Oyendo los nombres del baron y de Panglós, diéron un agudo grito ámbos galeotes, se paráron en el banco, y dexáron caer los remos. Al punto se tiró á ellos el arraez, menudeando los latigazos con el rebenque. Deténgase, deténgase, Señor, clamó Candido, que le daré el dinero que me pidiere. ¿Con que es Candido? decía uno de los forzados. ¿Con que es Candido? repetia el otro. ¿Es sueño? decia Candido; ¿estoy en esta galera? ¿estoy despierto? ¿Es el señor baron á quien yo maté? ¿es maese Panglós á quien vi ahorcar? Nosotros somos, nosotros somos, respondian á la par. ¿Con que este es aquel insigne filósofo? decia Martin. Ha, señor arraez levantisco, ¿quanto quiere por el rescate del señor baron de Tunder-ten-tronck, uno de los primeros barones del imperio, y del señor Panglós, el metafísico mas profundo de Alemania?

Perro cristiano, respondió el arraez, una vez que esos dos perros de galeotes cristianos son barones y metafísicos, lo qual es sin duda un, cargo muy alto en su pais, me has de dar por ellos cincuenta mil zequíes.—Yo se los daré, señor; lléveme de un vuelo á Constantinopla, y al punto será satisfecho; pero no, lléveme á casa de Cunegunda. El arráez, así que oyó la oferta de Candido, puso la proa á la ciudad, y hacia que remaran con mas ligereza que un páxaro sesga el ayre.


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