Contra el fanatismo religioso

Contra el fanatismo religioso

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Parecía imposible que Jean Calas, un anciano de sesenta y ocho años, que desde hacía tiempo tenía las piernas hinchadas y débiles, hubiera estrangulado y colgado él sólo a un hijo de veintiocho años, que tenía una fuerza superior a la corriente; resultaba imprescindible que hubiera estado asistido en esa ejecución por su mujer, por su hijo Pierre Calas, por Lavaisse y por la sirvienta. No se habían separado ni un solo momento la noche de aquella fatal aventura. Pero esa suposición era también tan absurda como la otra: pues ¿cómo es que una sirvienta, católica ferviente, hubiera podido soportar que unos hugonotes asesinaran a un joven que ella había criado, para castigarlo por amar una religión que era la suya?

¿Cómo es que Lavaisse habría venido a propósito desde Burdeos para estrangular a su amigo, del que ignoraba la pretendida conversión? ¿Cómo es que una amorosa madre habría puesto las manos sobre su hijo? ¿Cómo es que todos juntos habrían podido estrangular a un joven tan robusto como ellos sin un combate largo y violento, sin gritos horribles que hubieran alertado a todo el vecindario, sin golpes reiterados, sin contusiones, sin ropas desgarradas?




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