Contra el fanatismo religioso
Contra el fanatismo religioso El gran principio del Senado y el pueblo romano era: Deorum ofensa diis curae («Corresponde a los dioses ocuparse de las ofensas hechas a los dioses»). Este pueblo soberano no pensaba sino en conquistar, en gobernar y en civilizar el universo: ellos fueron tanto nuestros legisladores como nuestros vencedores; y nunca César, que nos dio cadenas, leyes y juegos, quiso forzarnos a abandonar a nuestros druidas por él, por muy gran pontífice que fuera de una nación soberana nuestra.
Los romanos no profesaban todos los cultos, no les daban a todos la sanción pública, pero los permitieron todos. No tuvieron ningún objeto material de culto reinando Numa, ni simulacros, ni estatuas; pronto las erigieron a los dioses majorum gentium, que les hicieron conocer los griegos. La ley de las Doce Tablas, Deus peregrinus ne colunto, se redujo a no conceder culto público sino a las divinidades superiores o inferiores aprobadas por el Senado. Isis tuvo un templo en Roma hasta que Tiberio lo hizo demoler cuando sus sacerdotes, corrompidos por el dinero de Mundus, le hicieron acostarse en él, bajo el nombre del dios Anubis, con una mujer llamada Paulina. Es verdad que Josefo es el único que da cuenta de esta historia; no era contemporáneo, era crédulo y exagerado. Es poco verosímil que, en unos tiempos tan ilustrados como los de Tiberio, una dama de condición elevada hubiera sido tan estúpida como para creer obtener los favores del dios Anubis.