Contra el fanatismo religioso
Contra el fanatismo religioso Lo digo con horror, pero con sinceridad: ¡somos nosotros, los cristianos, somos nosotros los que hemos sido perseguidores, verdugos, asesinos! ¿Y de quién? De nuestros hermanos. Somos nosotros los que hemos destruido cien ciudades, con el crucifijo o la Biblia en la mano, y los que no hemos cesado de hacer derramar sangre y de encender hogueras, desde el reinado de Constantino hasta los furores de los caníbales que habitaban las Cevenas; furores que, gracias al Cielo, hoy ya no subsisten.
Todavía enviamos alguna vez al cadalso a la pobre gente del Poitou, del Vivarais, de Valence, de Montauban. Desde 1745 hemos ahorcado a ocho personajes de los llamados Predicantes, o ministros del Evangelio, que no habían cometido otro crimen que el de haber rezado a Dios por el rey en dialecto, y haber dado un poco de vino y un trozo de pan con levadura a algunos pobres diablos de campesinos. Nada de eso se sabe en París, donde el placer es la única cosa importante, donde se ignora todo lo que pasa en provincias y en el extranjero. Esos procesos se hacen en una hora, y con más rapidez que con la que se juzga a un desertor. Si el rey estuviera al corriente, concedería su gracia.
No se trata así a los sacerdotes católicos en ningún país protestante. Hay más de cien sacerdotes católicos en Inglaterra y en Irlanda, se les conoce, se les ha dejado vivir muy tranquilamente durante la última guerra.