Contra el fanatismo religioso
Contra el fanatismo religioso La otra parábola es la de un particular que invita a sus amigos a una gran cena (Lc 14) y que, cuando está a punto de sentarse a la mesa, envía a su criado a avisarlos. Uno se excusa diciendo que ha comprado una tierra y que va a visitarla; esta excusa no parece válida, no se va a visitar la tierra de uno durante la noche. Otro dice que ha comprado cinco pares de bueyes y que debe ir a probarlos; comete el mismo error que el otro: no se prueba a los bueyes a la hora de cenar. Un tercero responde que acaba de casarse, y seguramente su excusa es muy aceptable. El padre de familia, encolerizado, hace que acudan a su festín los ciegos y los cojos, y viendo que quedan todavía asientos vacíos dice a su criado: «Ve a los grandes caminos y a los límites de las fincas y obliga a la gente a entrar en mi casa».
Es verdad que no se dice expresamente que esta parábola sea una figuración del reino de los Cielos. Se ha abusado demasiado de esas palabras «oblígalos a entrar», pero salta a la vista que un solo criado no puede obligar por la fuerza a toda la gente que encuentre a ir a cenar a casa de su amo; y, además, unos comensales tan forzados no harían la comida muy agradable. «Oblígalos a entrar» no quiere decir otra cosa, según los comentaristas más acreditados, que: suplicad, conjurad, presionad, obtened. ¿Podéis decirme qué relación tiene esa súplica y esa cena con la persecución?
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