Contra el fanatismo religioso
Contra el fanatismo religioso Dos testigos que se presentaron lo acusaron de haber dicho «que podría destruir el templo y reconstruirlo en tres días». (Mt 26, 61). Semejante discurso era incomprensible para los judíos carnales, pero no era una acusación de querer fundar una nueva secta.
El Sumo Sacerdote lo interrogó y le dijo: «Te ordeno por el Dios vivo que nos digas si eres el Cristo, hijo de Dios». No se nos dice lo que el Sumo Sacerdote entendía por «hijo de Dios». A veces se utilizaba esa expresión para hablar de un justo, como se utilizaba la de «hijo de Belial» para hablar de un malvado. Los judíos comunes y corrientes no tenían ni idea del misterio sagrado de un Hijo de Dios, del mismo Dios venido a este mundo.
Jesús le respondió: «Tú lo has dicho, pero yo os digo que pronto veréis al hijo del hombre sentado a la diestra de la virtud de Dios, descendiendo sobre las nubes del cielo».
Esta respuesta fue considerada como una blasfemia por el sanedrín irritado. El sanedrín ya no tenía el derecho de la espada: llevaron a Jesús ante el gobernador romano de la provincia y lo acusaron calumniosamente de ser un perturbador del orden público que decía que no había que pagar el tributo al César y que además se proclamaba rey de los judíos. Por lo tanto, es de toda evidencia que fue acusado de un crimen de Estado.