El Siglo de Luis XIV
El Siglo de Luis XIV Cada miembro del Imperio tiene sus derechos, sus privilegios, sus obligaciones; y lo difícil del conocimiento de tantas leyes, frecuentemente discutidas, da lugar a lo que en Alemania se llama estudio del derecho público, de que tanta fama goza la nación germánica.
El emperador, por sí solo, no sería, en verdad, mucho más poderoso ni más rico que un dux de Venecia. Es sabido que en Alemania, dividida en ciudades y principados, sólo le queda al jefe de tantos estados la preeminencia, con extremados honores, pero sin dominios y sin dinero y, por consiguiente, sin poder.
No posee, a título de emperador, un solo pueblo. Sin embargo, esta dignidad, a menudo tan vana como suprema, se tornó tan poderosa en las manos de los austríacos que más de una vez se temió que convirtieran en monarquía absoluta esa república de príncipes.
Dos partidos dividían entonces, y dividen todavía hoy, la Europa cristiana, y sobre todo Alemania.
El primero es el de los católicos, más o menos sometidos al papa; el segundo es el enemigo de la dominación espiritual y temporal del papa y de los prelados católicos. Designamos a los de este partido con el nombre general de protestantes, aunque estén divididos en luteranos, calvinistas y otros, que se odian entre sí casi tanto como odian a Roma.