El Siglo de Luis XIV
El Siglo de Luis XIV Por último, los entusiastas imaginaron que un diácono, llamado Paris, hermano de un consejero del Parlamento, que había apelado dos veces, enterrado en el cementerio de San Medardo, debía obrar milagros. Algunos miembros de la secta que fueron a orar ante la tumba recibieron una impresión tan fuerte que sus órganos trastornados les produjeron ligeras convulsiones. Inmediatamente, el pueblo rodeó la tumba; día y noche, la muchedumbre se apretaba alrededor de ella. Los que subían al sepulcro les daban a sus cuerpos sacudidas que hasta ellos mismos tomaban por prodigios. Los fautores secretos del partido estimulaban ese frenesí. Se oraba en lenguaje vulgar en torno a la tumba: todo era hablar de sordos que habían oído algunas palabras, de ciegos que habían entrevisto algo, de lisiados que por un momento hablan caminado bien. Una multitud de testigos daban testimonio judicial de que casi habían visto estos prodigios, a buen seguro, porque habían ido con la esperanza de verlos. El gobierno dejó que siguiera su curso esta enfermedad epidémica durante un mes. Pero la concurrencia aumentaba; los milagros se redoblaban; y por último fué necesario cerrar el cementerio y poner guardias. Entonces, esos mismos entusiastas fueron a hacer sus milagros en las casas. El sepulcro del diácono Pâris fué, en realidad, la tumba en que el jansenismo quedó sepultado en el espíritu de todas las personas honradas. Esas farsas hubiesen tenido serias consecuencias en tiempos menos ilustrados. Se creería que aquellos que las protegían ignoraban el siglo en que vivían.