El Siglo de Luis XIV
El Siglo de Luis XIV Las familias se reúnen en privado, en días señalados, para honrar a sus antepasados; los letrados, en público, para honrar a Confucio. Se prosternan en la misma postura con que saludan a los superiores, costumbre que los romanos encontraron en toda el Asia y a la que dieron antaño el nombre de adorar. Queman pajillas y pastillas. Colaos, a quienes los portugueses llaman mandarines, matan dos veces al año, alrededor de la sala en la que se venera a Confucio, animales que luego son comidos. ¿Son idólatras esas ceremonias? ¿Son puramente civiles? ¿Consideran a sus antepasados y a Confucio como dioses? ¿Son, meramente, invocados como nuestros santos? ¿Es, en fin, una ceremonia política de la que abusan algunos chinos supersticiosos? Cosas éstas, todas, muy difíciles de aclarar por extranjeros en la China, y de las cuales era imposible decidir en Europa.
Los dominicos comunicaron las costumbres de China a la inquisición de Roma, en 1645; y el Santo Oficio, basándose en su exposición, prohibió esas ceremonias chinas hasta que el papa decidiera.