El circulo carmesi

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—Sí —dijo—. Desde luego éstas no son las botas que usted llevaba, porque… —Frotó las suelas suavemente con los dedos—, hay polvo en ellas y el terreno ha estado húmedo toda la semana.

El corazón de Marl casi dejó de latir.

—Claro que son las botas que llevaba —dijo el otro, desafiante—. Lo que usted llama «polvo» es barro seco.

—Tiene que haber un error, señor Marl —dijo Parr, en tono amable—. Esto es polvo de yeso —dejó las botas en el suelo y se incorporó—. Sin embargo, no tiene mucha importancia.

Estuvo tanto tiempo con la mirada fija en la alfombra que el señor Marl comenzó a impacientarse.

—¿Hay algo más que pueda hacer por usted, inspector?

—Sí —contestó Parr—. Necesito que me proporcione el nombre y la dirección de su sastre. ¿Le importaría escribírmelo?

—¿Mi sastre? —Marl le lanzó una mirada de odio al inspector—. ¿Qué demonios quiere de mi sastre? —Y después añadió, riendo—: Está bien, es usted un hombre curioso, señor inspector. Pero lo haré con mucho gusto.

Fue hasta su escritorio, sacó una hoja de papel y escribió en ella un nombre y una dirección y se la entregó al detective, tras echarle secante[40].


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