El circulo carmesi

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En ese momento, por primera vez, Brabazon mostraba signos de emoción. Su rostro se volvió gris y macilento y sus ojos parecían habérsele hundido más en las cuencas.

—Arreglaré su préstamo —dijo.

La expresión de satisfacción en el rostro de Marl se vio interrumpida cuando llamaron a la puerta. Al «entre» de Brabazon, la puerta se abrió, dando paso a una muchacha cuyo aspecto desplazó todos los demás pensamientos de la mente del señor Marl.

La chica traía un mensaje que depositó frente a su jefe. Evidentemente se trataba de la trascripción de una conversación telefónica.

«Blanco…, dorado…, rojo», los sentidos del señor Marl registraron las impresiones recibidas. Blanco el tono de la piel, tan níveo y delicado como la crema; rojos, como amapolas, los labios escarlata; dorado como el trigo maduro, el cabello. La vio de perfil y sintió cierto rechazo hacia su barbilla firme —al señor Marl le gustaban las mujeres complacientes que se tornaban tiernas y maleables en sus brazos—, pero la belleza de su boca, de su nariz y de su frente…, le hicieron pestañear.

Comenzó a respirar un poco más rápida y ruidosamente y suspiró cuando ella se hubo ido, tras una breve conversación en voz baja.


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