EL Castillo de Otranto
EL Castillo de Otranto —Eso no es todo —dijo Federico—. El honor me obliga a añadir lo que él ha omitido. Aunque es modesto, yo debo mostrarme generoso: es uno de los jóvenes más valientes de la cristiandad. Y por lo poco que sé de él, respondo de su sinceridad: nunca contarÃa algo que no fuera cierto. Por lo que a mà atañe, joven, honro una franqueza que te viene de la cuna. Me ofendiste, pero la noble sangre que corre por tus venas puede permitirse hervir cuando tan recientemente ha descubierto su origen. Vamos, señor mÃo —añadió, dirigiéndose a Manfredo—, si yo puedo perdonarle, a buen seguro que vos también podéis: no es culpa de este joven si lo tomasteis por un espectro.
Esta amarga recriminación irritó a Manfredo, que replicó en tono altivo:
—Si los seres del otro mundo tienen poder para impresionarme y oscurecer mi mente, ningún hombre puede hacerlo, ni tampoco el brazo de un joven…
—Mi señor —le interrumpió Hippolita—, vuestro huésped precisa reposo. ¿No vamos a dejarle descansar?