EL Castillo de Otranto
EL Castillo de Otranto —Pero ¿qué asunto tan urgente le llevarÃa a convocar al capellán? —se interrogaba Matilda—. ¿Acaso pretende enterrar a mi hermano en privado en la capilla?
—Oh, señora, ya lo adivino. Como os habéis convertido en su heredera, está impaciente por casaros: siempre ha ansiado tener más hijos, y ahora lo imagino deseando tener nietos. Estoy convencida, señora, de que finalmente os veré de novia. Buena señora, ¿no despediréis a vuestra fiel Bianca y pondréis por encima de mà a doña Rosaria, ahora que sois una gran princesa?
—Mi pobre Bianca, ¡qué rápidos son tus pensamientos! ¡Yo una gran princesa! ¿Qué has observado en el proceder de Manfredo desde la muerte de mi hermano que revele un aumento de su ternura hacia mÃ? No, Bianca, su corazón sigue siéndome ajeno; pero es mi padre y no puedo quejarme. Si el cielo me cierra el corazón de mi padre, paga con creces mis escasos méritos con el amor de mi madre. ¡Oh, esa madre querida! SÃ, Bianca, por eso me entristece el iracundo temperamento de Manfredo. Yo puedo soportar su rudeza para conmigo, pero me hiere el alma cuando soy testigo de su injustificada severidad hacia mi madre.
—Oh, señora, todos los hombres tratan asà a sus esposas cuando se cansan de ellas.
—Pero tú me felicitabas cuando creÃas que mi padre se proponÃa disponer de mÃ.