EL Castillo de Otranto
EL Castillo de Otranto —No. Si un progenitor deja escapar unas palabras que preferirÃa no haber pronunciado, un hijo no debe repetirlas.
—¡Cómo! ¿Se arrepintió de lo que dijo? Sin duda podéis confiar en mÃ, señora.
—Sà en lo que se refiere a mis secretillos, si es que los tengo, pero no en los de mi madre. Un hijo no ha de tener ojos ni oÃdos más que para lo que mande su progenitor.
—Desde luego habéis nacido para santa, señora, y nadie puede resistirse a su propia vocación: al final acabaréis en un convento. Pero mi señora Isabella no se mostrarÃa tan reservada conmigo: me permite que le hable de hombres jóvenes, y cuando un apuesto caballero vino al castillo, me confió su deseo de que vuestro hermano Conrado se le pareciera.
—Bianca, no te permito que te refieras a mi hermano de manera poco respetuosa. Isabella tiene un carácter alegre, pero su alma es tan pura como su virtud. Conoce tu afición por las charlas vanas, y quizá alguna vez la ha alimentado para alejar la melancolÃa, y aliviar asà la soledad en que mi padre nos mantiene.
—¡Santa MarÃa! —exclamó Bianca levantándose—. Querida señora, ¿no habéis oÃdo algo? ¡Sin duda este castillo está encantado!