EL Castillo de Otranto
EL Castillo de Otranto —No hables con ligereza de esa pintura —la interrumpió Matilda suspirando—. Sé que la adoración con que miro ese cuadro es insólita, pero no estoy enamorada de una superficie coloreada. El carácter de ese virtuoso prÃncipe, la veneración que mi madre me ha inspirado hacia su memoria, las oraciones que no sé por qué razón me ha enseñado a recitar ante su tumba, todo eso me ha convencido de que, por una razón u otra, mi destino está vinculado a algo relacionado con ese personaje.
—¡Dios mÃo, señora! ¿Y cómo podrÃa ser eso? Siempre he oÃdo que vuestra familia no tenÃa relación alguna con la suya, y desde luego no logro entender por qué mi señora, la princesa, os envÃa una frÃa mañana o un húmedo atardecer a orar ante su tumba: no figura como santo en el almanaque. Si habéis de rezar, ¿por qué no os permite dirigiros a nuestro gran santo Nicolás? A él le rezo yo para encontrar marido.
—Quizá mi mente estarÃa menos confusa si mi madre me explicara las razones, pero es el misterio con que procede lo que me inspira… No sé cómo decirlo. Como nunca actúa por capricho, estoy segura de que hay algún fatal secreto en el fondo… No, ya sé de qué se trata: en la agonÃa de su pena por la muerte de mi hermano, pronunció unas palabras que me asustaron mucho…
—Oh, querida señora, ¿qué dijo?