EL Castillo de Otranto

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—¡Calla y escuchemos! Creo haber oído una voz, pero ha debido de ser una ilusión. Supongo que me has contagiado tus terrores.

—¡Por supuesto, por supuesto, señora! —dijo Bianca, al borde del llanto a causa de la angustia—. Estoy segura de haber oído una voz.

—¿Alguien ocupa la habitación de abajo?

—Nadie se ha atrevido desde que el gran astrólogo, el tutor de vuestro hermano, se ahorcó allí. Seguro, señora, que su espectro y el del joven príncipe se han reunido en esa habitación. ¡Cielos! ¡Corramos a los aposentos de vuestra madre!

—No te inquietes. Si son almas en pena, podemos aliviar sus sufrimientos preguntándoles. No tienen por qué causarnos daño puesto que no las hemos ofendido. Y si lo pretendieran, ¿estaremos más seguras en un aposento que en otro? Alcánzame mi rosario. Rezaremos y luego nos dirigiremos a ellas.

—Oh, querida señora, por nada del mundo hablaría yo con un espectro.

Apenas hubo pronunciado estas palabras, oyeron abrirse la ventana de la pequeña habitación de abajo. Escucharon atentamente, y a los pocos minutos creyeron oír cantar a una persona, pero no entendieron sus palabras.


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