EL Castillo de Otranto
EL Castillo de Otranto —No puede tratarse de un espÃritu maligno —dijo la princesa en voz baja—. Indudablemente es alguien de los nuestros. Abre la ventana y reconoceremos la voz.
—No me atrevo, señora.
—Eres muy tonta —le recriminó Matilda abriendo suavemente la ventana.
Pero el ruido que la princesa produjo fue oÃdo por la persona que se encontraba abajo, la cual dejó de cantar.
—¿Hay alguien ahà abajo? —preguntó la princesa—. Si lo hay, que hable.
—Sà —respondió una voz desconocida.
—¿Quién es?
—Un forastero.
—¿Qué forastero? ¿Cómo has llegado a hora tan inusual, cuando todas las puertas del castillo están cerradas?
—No estoy aquà por mi voluntad —contestó la voz—, pero excusadme, señora, si he perturbado vuestro descanso: ignoraba que alguien me oÃa. Dormid y perdonadme. He abandonado un lecho incómodo y he venido a pasar las horas tediosas contemplando la hermosa proximidad de la mañana, impaciente por abandonar este castillo.