EL Castillo de Otranto
EL Castillo de Otranto —Tus palabras y tu tono —observó Matilda— revelan melancolÃa: si eres desdichado, te compadezco. Si te aflige la pobreza, házmelo saber: te encomendaré a la princesa, cuya benéfica alma siempre se desvive por los afligidos, y te socorrerá.
—Por supuesto que soy desdichado —reconoció el extraño— y no sé lo que es la riqueza, pero no me quejo de la suerte que me ha deparado el cielo: soy joven y estoy sano, y no me avergüenzo de ganarme el sustento. Pero no me creáis orgulloso ni penséis que desdeño vuestros generosos ofrecimientos. Os recordaré en mis oraciones, y rezaré porque se derramen bendiciones sobre vuestra gracia y sobre vuestra noble señora. Si suspiro es por otros, no por mÃ.
—Ya sé de quién se trata, señora —susurró Bianca a la princesa—. Con seguridad es el joven campesino, ¡y a fe mÃa que está enamorado! ¡Qué encantadora aventura! Interroguémosle, señora. Él no os conoce, y os toma por una de las doncellas de mi señora Hippolita.
—¿No te da vergüenza, Bianca? —le recriminó la princesa—. ¿Qué derecho tenemos a penetrar en los secretos del corazón de este joven? Parece virtuoso y franco, y nos dice que es desdichado: ¿te conceden esas circunstancias algún ascendiente sobre él? ¿Somos merecedoras de su confianza?