EL Castillo de Otranto

EL Castillo de Otranto

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—¡Dios mío, señora, que poco sabéis del amor! Los enamorados no experimentan placer mayor que hablar de sus amadas.

—¿Y quieres convertirme en la confidente de un campesino?

—Bueno, pues dejadme hablarle a mí —dijo Bianca—. Aunque tengo el honor de ser dama de vuestra alteza, no siempre he ocupado una posición tan elevada. Además, si el amor nivela los rangos, también los levanta. Siento respeto por cualquier joven enamorado.

—¡Calla, boba! Aunque ha dicho que era desdichado, de ello no hay que deducir que esté enamorado. Piensa en todo lo que ha ocurrido hoy, y dime si no hay otros infortunios que los causados por el amor. Forastero —añadió la princesa—, si el culpable de tus desgracias no eres tú, y el remedio entra en las posibilidades de la princesa Hippolita, me comprometo en su nombre a protegerte. Cuando abandones este castillo, busca al padre Jerónimo, un santo, en el convento junto a la iglesia de San Nicolás, y cuéntale tu historia hasta donde creas conveniente. Él no dejará de informar a la princesa, que es como una madre para todos los que precisan su ayuda. Y ahora adiós: no es apropiado para mí continuar una conversación con un hombre a hora tan desusada.


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