EL Castillo de Otranto
EL Castillo de Otranto —¡Que los santos os guarden, graciosa dama! Pero, ah, si un pobre forastero sin mérito alguno puede atreverse a rogar un minuto más de atención… ¡Qué suerte la mÃa, la ventana no se ha cerrado! ¿Puedo formular una pregunta?
—Habla rápido —dijo Matilda—. Amanece, y cuando los campesinos se dirijan a los campos nos verán. ¿Qué quieres preguntar?
—No sé… No sé si me atreveré —empezó el joven, titubeando—, pero la bondad con que me habéis hablado me alienta. ¡Señora! ¿Puedo confiar en vos?
—¡Cielos! —exclamó Matilda—. ¿Qué quieres decir? ¿Qué pretendes confiarme? Habla sinceramente, si tu secreto es apropiado para un corazón virtuoso.
—Quisiera preguntar si lo que he oÃdo a los criados es cierto, y la princesa, ha desaparecido del castillo.
—¿Por qué quieres saberlo? Tus primeras palabras revelaban una gravedad prudente y cabal. ¿Has venido aquà para indagar en los secretos de Manfredo? Adiós. Me he equivocado contigo.
Y diciendo estas palabras, Matilda se apresuró a cerrar la ventana, sin dar al joven tiempo de replicar.
—Hubiera sido más prudente —le dijo la princesa a Bianca, en tono algo duro— dejarte conversar con ese campesino. Su curiosidad se parece a la tuya.