EL Castillo de Otranto

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—No me corresponde discutir con vuestra alteza, pero tal vez yo le hubiese formulado preguntas más adecuadas que las que vos os habéis dignado dirigirle.

—¡Oh, sin duda; tú eres una persona muy discreta! ¿Puedo saber qué le hubieras preguntado?

—A menudo un espectador ve mejor el juego que quienes participan en él. ¿Cree vuestra alteza que su pregunta sobre mi señora Isabella era fruto de la mera curiosidad? No, no, señora. Hay en eso más de lo que advertís vos, las altas personalidades. Me dijo López que todos los criados creen que ese joven campesino ayudó a mi señora Isabella a escapar. Ahora os ruego que observéis… Vos y yo sabemos que mi señora Isabella nunca estuvo muy ilusionada con vuestro hermano el príncipe. ¡Bueno! Pues lo mataron en el momento crítico. Y no acuso a nadie. Un yelmo cae de la luna, o al menos eso dijo mi señor, vuestro padre. Pero López y todo el servicio afirman que ese avispado joven es un mago, y que robó el yelmo de la tumba de Alfonso.

—Termina con esa rapsodia de impertinencias.

—No, señora, por favor. Pero es muy extraño que mi señora Isabella desaparezca ese mismo día, y que a ese joven hechicero lo encuentren junto a la trampa. Yo no acuso a nadie, pero si la muerte de mi joven señor hubiera sido natural…

—No te atrevas a dudar, no abrigues la menor sospecha de la pureza de mi querida Isabella.


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