EL Castillo de Otranto

EL Castillo de Otranto

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—Pura o no pura se ha ido. Encuentran a un extraño al que nadie conoce. Vos misma le interrogasteis: os dijo estar enamorado, o que era desdichado, que es lo mismo. Admitió que su desdicha se debía a causa ajena, ¿y quién es desdichado por otro si no le ama? Y se apresura a preguntar inocentemente, el pobre, si mi señora Isabella ha desaparecido.

—Sin duda tus observaciones no carecen totalmente de fundamento. La fuga de Isabella me sorprende, y la curiosidad de ese forastero es muy extraña, pero Isabella nunca me ha ocultado un pensamiento.

—Eso es lo que os ha dicho, para sonsacaros vuestros secretos. Pero quién sabe, señora, si ese forastero es un príncipe disfrazado. Vamos, señora, dejadme abrir la ventana y hacerle unas preguntas.

—No; se las haré yo misma. Si sabe algo de Isabella no será digno de que siga conversando con él.

Se disponía a abrir la ventana cuando oyeron tañer la campana en la poterna del castillo, a la derecha de la torre donde se hallaba Matilda. Aquello disuadió a la princesa de reanudar la conversación con el forastero. Tras un momento de silencio, la princesa le dijo a Bianca:


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