EL Castillo de Otranto
EL Castillo de Otranto —Estoy convencida de que cualquiera que sea la causa de la huida de Isabella no se debe a ningún motivo indigno. Si ese forastero tuvo algo que ver con el caso, ella debe estar satisfecha de su fidelidad y su valor. He observado que las palabras del joven estaban penetradas de una piedad poco común. ¿No te lo ha parecido también a ti, Bianca? No hablaba como un rufián; sus frases eran propias de un hombre bien nacido.
—Os dije, señora, que estaba segura de que era un prÃncipe disfrazado.
—Pero si él la ha ayudado a escapar, ¿cómo entiendes que no la acompañara en su huida? ¿Por qué exponerse innecesaria e imprudentemente al resentimiento de mi padre?
—Por lo que a eso se refiere, si pudo salir de debajo del yelmo, ya encontrará maneras de escapar a la ira de vuestro padre. No me cabe la menor duda de que lleva consigo algún talismán.
—Tú todo lo arreglas con magia. Pero un hombre que tiene relación con espÃritus infernales no se atreve a usar las tremendas y santas palabras que él ha pronunciado. ¿No has observado con qué fervor se comprometió a encomendarme al cielo en sus oraciones? SÃ, sin duda Isabella fue convencida por su piedad.