EL Castillo de Otranto
EL Castillo de Otranto —¡Me alabáis la piedad de un joven y una damisela que traman escaparse! No, no; mi señora Isabella no es la que creÃais. Por supuesto que en vuestra compañÃa acostumbraba suspirar y alzar los ojos, porque sabe que sois una santa; pero en cuanto volvÃais la espalda…
—Te equivocas respecto a ella. Isabella no es una hipócrita: tiene un adecuado sentido de la devoción, pero nunca fingió una vocación de la que carecÃa. Al contrario, siempre combatió mi inclinación al claustro, y aunque reconozco que su desaparición es para mà un misterio que me confunde, pues parece contradecir nuestra amistad, no puedo olvidar el desinteresado afecto con que siempre se opuso a que yo tomara el velo. Deseaba verme casada, aunque mi dote supondrÃa una merma del patrimonio de los hijos que ella tuviera con mi hermano. Por consideración a ella prestaré crédito a este joven campesino.
—¿Creéis entonces que existe algún vÃnculo entre ellos?
Mientras Bianca hablaba, llegó corriendo al aposento un criado y anunció que la señora Isabella habÃa sido hallada.
—¿Dónde? —preguntó Matilda.
—Se ha acogido a sagrado en la iglesia de San Nicolás. El propio padre Jerónimo ha traÃdo la noticia, y ahora está abajo, con su alteza.