Aprendiendo a quererse a sí mismo
Aprendiendo a quererse a sí mismo Esta lógica perversa ha creado vidas estructuradas alrededor del deber, donde la risa, el juego, la contemplación y el descanso apenas tienen espacio. Se ha glorificado la productividad y despreciado el ocio sano. El tiempo libre se vive como pérdida, y cualquier pausa genera culpa. Pero una vida sin disfrute es una vida vacía, insípida. Dejar de sufrir no basta: hace falta gozar.
El placer consciente —leer, caminar sin rumbo, dormir, probar algo nuevo, detenerse a mirar el cielo— es una forma de resistencia. Requiere atención, presencia, y sobre todo, el permiso para sentir. No se trata de excesos, sino de intensidad. El hedonismo equilibrado devuelve la pasión, la energía, el sentido. Recuperar la capacidad de asombro, permitir la improvisación, salir de la rutina. El alma no sobrevive con obligaciones; necesita también gozo. Vivir no es solo funcionar: es vibrar.