El Crimen de lord Arthur Saville
El Crimen de lord Arthur Saville —No se debe hacer esperar a las señoras, Lord Arthur —dijo Mr. Podgers, sonriendo embarazosamente—. El bello sexo es muy impaciente.
Los labios finamente dibujados de Lord Arthur se plegaron en un gesto desdeñoso. La pobre Duquesa le parecÃa muy poca cosa en aquel momento. Atravesó el salón y cuando hubo llegado junto a Mr. Podgers, le tendió de nuevo la palma de su mano derecha.
—¡DÃgame lo que ha visto aquÃ! ¡DÃgame la verdad! Necesito saberla. No soy ningún niño.
Los ojos de Mr. Podgers parpadearon tras sus gafas de oro y un estremecimiento de inquietud recorrió su cuerpo, mientras sus dedos jugueteaban nerviosamente con la relumbrante cadena de su reloj.
—¿Qué le hace a usted sospechar, Lord Arthur, que haya visto en su mano algo más de lo que le he dicho?
—Me consta, y deseo me diga la verdad. Le pagaré a usted. Le daré un cheque de cien libras. Los ojuelos verdes de Mr. Podgers relampaguearon un momento, tomándose inmediatamente opacos.
—¿Cien guineas? —dijo al fin Mr. Podgers, en voz queda.
—Como usted quiera. Mañana mismo le enviaré el cheque. ¿De qué club es usted?
—No soy de ningún club. Por el momento, quiero decir. Mi dirección es… Pero, permÃtame usted que le ofrezca mi tarjeta.