El Crimen de lord Arthur Saville
El Crimen de lord Arthur Saville Después del almuerzo, se echó sobre el diván y encendió un cigarrillo. Sobre la repisa de la chimenea, en un delicioso marco de brocado antiguo, había un retrato de Sybil Merton, tal como la había conocido en el baile de Lady Noel. La cabeza menuda, de un delicioso modelado, inclinada ligeramente como si el cuello frágil no pudiera soportar el peso de tanta belleza; los labios, ligeramente entreabiertos, parecían hechos para la más dulce música; y toda la pureza y ternura de la virginidad se asomaba a los ojos soñadores. Con su traje de crêpe de chine flexible y suave y el ancho abanico en forma de hoja, parecía una de aquellas delicadas figulinas halladas por los hombres en los olivares vecinos de Tanagra; y había en sus actitudes algo de la gracia helénica. No era, sin embargo, petite. Era, simplemente, bien proporcionada; cosa rara en una época en que las mujeres son insignificantes, o de un tamaño más que natural.