El Crimen de lord Arthur Saville
El Crimen de lord Arthur Saville Herr Winckelkopf se encogió de hombros y salió de la habitación, volviendo al cabo de unos instantes, con un pan redondo de dinamita del tamaño de un penique y un delicioso reloj francés, coronado por una figura de bronce dorado, que representaba la Libertad aplastando la hidra del Despotismo.
Al verlo, el rostro de Lord Arthur resplandeció de alegría.
—Justamente lo que necesitaba —exclamó—. Ahora indíqueme usted cómo estalla.
—¡Ah!, ése es mi secreto —respondió Herr Winckelkopf, contemplando su invento con legítimo orgullo—. Dígame usted cuándo desea que estalle y dispondré la maquinaria para el momento oportuno.
—Bueno… Hoy es martes y si puede usted enviarlo inmediatamente…
—Imposible; tengo muchos y muy importantes trabajos que llevar a cabo para unos amigos de Moscú. Pero, a pesar de todo, se lo enviaré mañana.
—¡Oh, es lo mismo! —exclamó Lord Arthur cortésmente—. Mañana por la noche o el jueves por la mañana, como usted guste. En cuanto al momento de la explosión, fijémoslo para el viernes a mediodía en punto. A esta hora, el Deán está siempre en casa.
—Para el viernes a mediodía —repitió Herr Winckelkopf, tomando nota en un voluminoso libro mayor que sacara de un bureau situado junto a la chimenea.