El Retrato de Dorian Gray
El Retrato de Dorian Gray —Mi querido Basil, ¿cómo quieres que lo sepa? —murmuró Dorian Gray, bebiendo un sorbo de pálido vino blanco de una delicada copa de cristal veneciano, adornada con perlas de oro, con aire de aburrirse muchÃsimo—. Estaba en la ópera. DeberÃas haber ido allÃ. Conocà a lady Gwendolen, la hermana de Harry. Estuvimos en su palco. Es absolutamente encantadora; y la Patti cantó divinamente. No hables de cosas horribles. Basta con no hablar de algo para que no haya sucedido nunca. Como dice Harry, el hecho de expresarlas es lo que da realidad a las cosas. Aunque quizá deba mencionar que no era hija única. Existe un varón, un muchacho excelente, según creo. Pero no se dedica al teatro. Es marinero o algo parecido. Y ahora háblame de ti y de lo que estás pintando.
—Fuiste a la ópera —exclamó Hallward, hablando muy despacio, la voz estremecida por el dolor—. ¿Fuiste a la ópera mientras el cadáver de Sibyl Vane yacÃa en algún sórdido lugar? ¿Eres capaz de hablarme de lo encantadoras que son otras mujeres y de la maravillosa voz de la Patti, antes de que la muchacha a la que amabas disponga siquiera de la paz de un sepulcro donde descansar? ¿Acaso no sabes los horrores que aguardan a ese cuerpo suyo todavÃa tan blanco?