El Retrato de Dorian Gray
El Retrato de Dorian Gray —¡Basta! ¡No estoy dispuesto a escucharlo! —exclamó Dorian, poniéndose en pie con brusquedad—. No me hables de esas cosas. Lo que está hecho, está hecho. Lo pasado, pasado está.
—¿Al dÃa de ayer le llamas el pasado?
—¿Qué tiene que ver el lapso de tiempo transcurrido? Sólo las personas superficiales necesitan años para desechar una emoción. Un hombre que es dueño de sà mismo pone fin a un pesar tan fácilmente como inventa un placer. No quiero estar a merced de mis emociones. Quiero usarlas, disfrutarlas, dominarlas.
—¡Eso que dices es horrible, Dorian! Algo te ha cambiado completamente. Sigues teniendo el mismo aspecto que el maravilloso muchacho que, dÃa tras dÃa, venÃa a mi estudio para posar. Pero entonces eras una persona sencilla, espontánea y afectuosa. Eras la criatura más Ãntegra de la tierra. Ahora, no sé qué es lo que te ha sucedido. Hablas como si no tuvieras corazón, como si fueras incapaz de compadecerte. Es la influencia de Harry. Lo veo con toda claridad.
El muchacho enrojeció y, llegándose hasta la ventana, contempló durante unos instantes el verdor fulgurante del jardÃn, bañado de sol.
—Es mucho lo que le debo a Harry —dijo por fin—; más de lo que te debo a ti. Tú sólo me enseñaste a ser vanidoso.