El Retrato de Dorian Gray
El Retrato de Dorian Gray —Yo me encargo de reconciliarlo con ella. Siente verdadera devoción por usted. Y no creo que importara que no fuese. El público pensó probablemente que era un dúo. Cuando tÃa Agatha se sienta al piano hace ruido suficiente por dos personas.
—Eso es una insidia contra ella y tampoco me deja a mà en muy buen lugar —respondió Dorian, riendo.
Lord Henry se lo quedó mirando. SÃ; no habÃa la menor duda de que era extraordinariamente bien parecido, con labios muy rojos debidamente arqueados, ojos azules llenos de franqueza, rubios cabellos rizados. HabÃa algo en su rostro que inspiraba inmediata confianza. Estaba allà presente todo el candor de la juventud, asà como toda su pureza apasionada. Se sentÃa que aquel adolescente no se habÃa dejado manchar por el mundo. No era de extrañar que Basil Hallward sintiera veneración por él.
—Sin duda es usted demasiado encantador para dedicarse a la filantropÃa, señor Gray —lord Henry se dejó caer en el diván y abrió la pitillera.
El pintor habÃa estado ocupado mezclando colores y preparando los pinceles. ParecÃa preocupado y, al oÃr la última observación de lord Henry, lo miró, vaciló un instante y luego dijo:
—Harry, quiero terminar hoy este retrato. ¿Me juzgarás terriblemente descortés si te pido que te vayas?