El Retrato de Dorian Gray
El Retrato de Dorian Gray Lord Henry sonrió y miró a Dorian Gray.
—¿Tengo que marcharme, señor Gray? —preguntó.
—No, por favor, lord Henry. Ya veo que Basil está hoy de mal humor, y no lo soporto cuando se enfurruña. Además, quiero que me explique por qué no debo dedicarme a la filantropÃa.
—No estoy seguro de que deba decÃrselo, señor Gray. Se trata de un asunto tan tedioso que habrÃa que hablar en serio de ello. Pero, desde luego, no saldré corriendo después de haberme dicho usted que me quede. ¿No te importa demasiado, verdad Basil? Me has dicho muchas veces que te gusta que tus hermanas tengan a alguien con quien charlar.
Hallward se mordió los labios.
—Si Dorian lo desea, claro que te puedes quedar. Los caprichos de Dorian son leyes para todo el mundo, excepto para él.
Lord Henry recogió su sombrero y sus guantes.
—Eres muy insistente, Basil, pero, desgraciadamente, debo irme. Prometà reunirme con una persona en el Orleans. Hasta la vista, señor Gray. Venga a verme alguna tarde a Curzon Street. Casi siempre estoy en casa a las cinco. EscrÃbame cuando decida ir, sentirÃa mucho perderme su visita.