El Retrato de Dorian Gray
El Retrato de Dorian Gray —Basil —exclamó Dorian Gray—, si lord Henry Wotton se marcha, me iré yo también. Nunca despegas los labios cuando pintas, y es muy aburrido estar de pie en un estrado y tratar de parecer contento. PÃdele que se quede. Insisto.
—Quédate, Harry, para complacer a Dorian y para complacerme a mà —dijo Hallward, sin apartar los ojos del cuadro—. Es muy cierto que nunca hablo cuando estoy trabajando, y tampoco escucho, lo que debe de ser increÃblemente tedioso para mis pobres modelos. Te suplico que te quedes.
—¿Y qué va a ser del caballero que me espera en el Orleans?
El pintor se echó a reÃr.
—No creo que eso sea un problema. Siéntate otra vez, Harry. Y ahora, Dorian, sube al estrado y no te muevas demasiado ni prestes atención a lo que dice lord Henry. Tiene una pésima influencia sobre todos mis amigos, sin otra excepción que yo.
Dorian Gray subió al estrado con el aspecto de un joven mártir griego, e hizo una ligera moue de descontento dirigida a lord Henry, que le inspiraba ya una gran simpatÃa. ¡Era tan distinto de Basil! ProducÃan un contraste muy agradable. Y tenÃa una voz muy bella.
—¿Es cierto que ejerce usted una pésima influencia, lord Henry? —le preguntó al cabo de unos instantes—. ¿Tan mala como dice Basil?