El Retrato de Dorian Gray

El Retrato de Dorian Gray

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—¡Nieto de Kelso! —repitió el anciano caballero—. El nieto de Kelso… Claro… Conocí muy bien a su madre. Creo que asistí a su bautizo. Era una joven extraordinariamente hermosa, Margaret Devereux, y volvió loco a todo el mundo escapándose con un joven que no tenía un céntimo, un don nadie, señor mío, un suboficial de infantería o algo por el estilo. Ya lo creo. Lo recuerdo todo como si hubiera sucedido ayer. Al pobre infeliz lo mataron en un duelo en Spa pocos meses después de la boda. Una historia muy fea. Dijeron que Kelso se agenció un aventurero sin escrúpulos, un animal belga, para que insultara en público a su yerno; le pagó, señor mío, para que lo hiciera; le pagó y luego aquel individuo ensartó al suboficial como si fuera un pichón. Echaron tierra sobre el asunto, pero, cielo santo, Kelso comió solo en el club durante cierto tiempo después de aquello. Recogió a su hija, según me contaron, pero la chica nunca volvió a dirigirle la palabra. Sí, sí, un asunto muy feo. Margaret también se murió, en menos de un año. De manera que dejó un hijo, ¿no es eso? Lo había olvidado. ¿Cómo es el chico? Si es como su madre debe de ser bien parecido.

—Es bien parecido —asintió lord Henry.



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