Teleny
Teleny —¡No por Dios! Simplemente es que, mientras me hallaba al piano, pude sentir claramente que alguien me escuchaba.
—¡Oh!, «alguien» —exclamaron riendo a coro los jóvenes elegantes.
—En una audiencia inglesa, y especialmente tratándose de un concierto de caridad, ¿cree usted realmente que hay muchas personas que escuchen, quiero decir, que escuchen de verdad, con todo su corazón y con toda su alma? Los jóvenes galantes se ocupan de las damas, éstas se ocupan de sus maquillajes, los padres de familia que se aburren piensan en las alzas y bajas de la Bolsa, o bien cuentan las espitas de gas y calculan lo que puede costar la iluminación de la sala.
—Sin embargo, en medio de semejante multitud, siempre hay más de un oyente atento —dijo uno.
—Sin duda —replicó el artista—; por ejemplo, la joven damisela que ha ejecutado cien veces la pieza que acabo de tocar; pero sólo uno —¿cómo les dirÃa yo?, un conocedor— sólo uno entre el público es mi oyente simpático.
—¿Y qué entiende usted por oyente simpático?
—Quiero decir, alguien con quien espontáneamente parece establecerse una corriente, alguien que, al escucharme, experimenta exactamente las mismas sensaciones que yo experimento al tocar, y que tal vez comparte conmigo idénticas visiones.