Teleny
Teleny —Del martes en ocho. En cuanto a ti, Camille, te presentaré a una banda de gentiles compañeros que estarán encantados de conocerte, y mucho de los cuales se asombraban de que no formaras parte de nuestros grupos desde hace tiempo.
La semana pasó rápidamente, y la alegrÃa del acontecimiento me hizo olvidar la terrible ansiedad que me habÃa producido la carta de Bryancourt.
Pocos dÃas antes de la fecha fijada para la fiesta, Teleny me preguntó que cómo nos vestirÃamos.
—¿Cómo? ¿Pero es que es una fiesta de máscaras?
—Cada uno se disfrazará según su fantasÃa y sus gustos; unos de soldados, otros de marineros; los habrá que vayan vestidos con mallas de danza, y otros, sencillamente, de caballeros. Hay individuos que, aunque enamorados de su propio sexo, gustan vestirse de mujeres. No siempre «el hábito hace al monje» resulta ser un proverbio veraz, ya que, entre los pájaros, por ejemplo, es el macho el que despliega su hermoso plumaje ante la hembra, para cautivarla.
—¿Y con qué disfraz te gustarÃa a ti verme? —le pregunté yo—. Ya que tú eres el único a quien deseo complacer.
—Con ninguno.
—¿Pero cómo ninguno?
—¿Te darÃa vergüenza mostrarte desnudo?