Cuentos completos

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—Oh —suspiró Ángela—, en camisón, de pie junto a la ventana. Por su voz parecía apenada. Asomó la cabeza. La niebla se evaporaba como si su voz la hubiera partido por la mitad. Había estado hablando, mientras las otras jugaban, con Alice Avery, sobre el castillo de Bamborough; el color de las playas por la noche; a lo que Alice dijo que escribiría y pondría una fecha, en agosto; y agachándose la besó, o al menos le rozó la cabeza con la mano, y Ángela, totalmente incapaz de estarse quieta, como poseída por un mar embravecido en el corazón, daba vueltas por la habitación (testigo de esta escena), extendiendo los brazos para apaciguar tanta emoción, tanto asombro ante la increíble inclinación del árbol milagroso con la fruta dorada en la cima. ¿No había caído en sus brazos? Lo dejó brillando, estrechándolo en su pecho; algo no dispuesto para que se lo toque, se piense o se hable de él; sólo se lo podía dejar allí brillando. Y después, Ángela, de apellido Williams, se puso las medias, las pantuflas, dobló la enagua y cayó en la cuenta —¿cómo decirlo?— de que después del revuelo de miles de años oscuros había luz al final del túnel; había vida en el mundo. A sus pies había bondad, había amor. Tal fue su descubrimiento.




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