Cuentos completos

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Se casó con Hubert, con su puesto inferior, pero seguro y permanente en Tribunales. Y se las arreglaban en una casa pequeña, sin criadas. Comía guiso cuando estaba sola o tan sólo pan y manteca. Pero de vez en cuando (la señora Holman se había ido, creyéndola la persona más seca y antipática que haya conocido, absurdamente vestida además, y le contaría a todos lo ridícula que se veía Mabel), pensó Mabel Waring, sola en el sofá azul, golpeando el almohadón para parecer entretenida, pues no se uniría a Charles Burt o a Rose Shaw, que hablaban como cotorras y tal vez se reían de ella junto a la chimenea. De vez en cuando recordaba bellos momentos; la otra noche leyendo en la cama, por ejemplo, o en la playa tumbada al sol en Pascuas —déjenla recordar— una gran mata de hierba, retorcida como un puñado de espárragos bajo el cielo azul como un huevo de porcelana, firme, sólido, y la melodía de las olas —«Shhh, shhh» decían, y los niños gritando y chapoteando. Sí, un momento bellísimo; y allí estaba ella, sentía, en manos de la diosa que era, el mundo; una diosa de corazón duro más bien, pero bellísima, un corderito en el altar (uno de veras piensa estas tonterías, pero a nadie le importa mientras no las diga). Y también solía pasar inesperados bellos momentos junto a Hubert, cortando la carne para el almuerzo del domingo, sin ninguna razón, abriendo una carta, entrando a una habitación. Bellos momentos, cuando se decía a sí misma (pues nunca lo compartía con nadie). «Es esto. Ha sucedido. Es esto». Y lo contrario era igual de sorprendente; esto es, cuando todo estaba dispuesto, la música, el tiempo, las vacaciones, todas las razones para estar feliz, y nada ocurría. No se sentía feliz. Era monótono, simplemente monótono, eso era todo.


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