Cuentos completos
Cuentos completos Hacía media hora que la señorita de la casa, Isabella Tyson, había salido al jardín con su vestido de verano. Llevaba una canasta y había desaparecido, cortada por el brillante marco del espejo. Probablemente había ido a la parte baja del jardín a juntar flores o, parecía incluso más factible, a juntar algo más liviano, fantástico, frondoso y rastrero, una clemátide, o alguno de esos elegantes manojos de convolvuláceas, que se enroscan en los feos muros y florecen aquí y allá en capullos blancos y púrpuras. Isabella recordaba más a la fantástica y agitada convolvulácea que a la espigada áster, la elegante zinnia, o sus vivas rosas, encendidas como lámparas en las rectas ramas del rosal. La comparación demostraba cuán poco sabía uno de ella después de todos estos años, pues es imposible que una mujer de carne y hueso, de cincuenta o sesenta años, fuera en verdad una corona o un zarcillo. Tales comparaciones son más que inútiles y superficiales, son viles incluso, pues aparecen como la misma convolvulácea, agitándose entre nuestros ojos y la verdad. Tiene que haber una verdad; tiene que haber un muro. De todos modos era extraño, conociéndola desde hacía tantos años, que uno no supiera la verdad acerca de Isabella, que todavía se formularan frases como estas acerca de convolvuláceas y clemátides. En cuanto a lo certero, era un hecho que era una solterona, que era rica, que había comprado esta casa y traído con sus propias manos (en ocasiones, desde los rincones más recónditos del mundo, y a riesgo de envenenamiento por picaduras o contagio de enfermedades de Oriente) las alfombras, las sillas, los armarios que ahora vivían su vida nocturna ante nuestros ojos. A menudo parecía como si todos esos objetos supieran sobre ella de lo que a nosotros, que nos sentábamos en ellos, escribíamos sobre ellos, y caminábamos sobre ellos con tanto cuidado, nos estaba permitido saber. Cada uno de los armarios tenía varios pequeños cajones, y seguramente en todos había cartas, atadas con cintas, salpicadas con palos de lavanda o pétalos de rosas. Pues otra verdad —si verdades es lo que uno quiere— era que Isabella había conocido a muchas personas, tenía muchos amigos. Y si alguien era lo suficientemente audaz como para abrir un cajón y leer sus cartas, encontraría los rastros de muchas inquietudes, compromisos que cumplir, recriminaciones por no haberse encontrado, largas a íntimas cartas de afecto, violentas cartas de celos y reproche, terribles palabras finales de despedida (pues todos esos encuentros y citas no habían conducido nunca a nada). Así era, nunca se había casado, y aún, a juzgar por su rostro artificial e indiferente, había atravesado veinte veces más experiencias apasionadas que aquellos que pregonan su amor a oídos del mundo. Bajo la tensión de pensar en Isabella, la habitación se volvió más sombría y simbólica; los rincones parecían más oscuros, las patas de las sillas y mesas, más largas y delgadas y llenas de garabatos.