Cuentos completos
Cuentos completos Pensaba en la noche, confundiéndose con ella de alguna manera, contemplando el cielo. De repente sentía el aroma del país, la sombría quietud del campo bajo las estrellas; pero aquí, en el jardín trasero de la señora Dalloway en Westminster, la belleza —a ella que había nacido y se había criado en el campo— la llenaba de emoción, por el contraste seguramente; aquí el olor a heno en el aire, y detrás, las habitaciones llenas de personas. Caminó con Bertram —caminaba como un ciervo más bien— con los tobillos algo flojos, abanicándose, majestuosa, en silencio, con todos los sentidos alerta, los oídos despiertos, olisqueando el aire, como si fuera una criatura salvaje, pero una absolutamente mansa, caminando placenteramente por la noche.