Cuentos completos
Cuentos completos Lo que sea que hayas hecho, si lo hiciste, no me interesa; no es lo que quiero. Las cintas púrpura serpentean en la vidriera de la mercería, eso servirá. Algo fácil, trillado. Pues uno puede elegir entre varios delitos, pero tantos delitos (déjame espiarla otra vez, sigue durmiendo, o finge hacerlo; blanca, cansada, la boca cerrada, algo de obstinación, más de lo que se podría llegar a pensar, no hay rastro de sexo) no son tu delito; tu delito fue ínfimo. Sólo el castigo fue solemne, pues ahora se abren las puertas de la iglesia; los duros bancos de madera la reciben; se arrodilla en las baldosas marrones; todos los días, en invierno, en verano, al anochecer, al amanecer (allí está, rezando). Todos los pecados caen, caen para siempre. La mancha los recibe. Está levantada, es roja, arde. Y después el estremecimiento. Los niños señalan. «Bob viene a almorzar». Pero las señoras mayores son las peores.
Pero ya no puedes seguir aquí rezando. Kruger se ha hundido bajo las nubes, como barrido por una pincelada gris, y el pintor añade un poco de negro. Hasta el garrote ha desaparecido. ¡Siempre sucede eso! Justo cuando lo ves, lo sientes, alguien interrumpe. Es Hilda ahora.